viernes, 11 de marzo de 2011

Sobre la tristeza de quienes amamos.

Ayer noté que una persona a quien amo mucho no puede salir de la preocupación y el abatimiento. Lleva demasiados días de preocupación -alguien debía prohibir tanta preocupación- . Habita un escenario desolado donde no la alcanzo, una patria suya imposible de encontrar en el mapa de nuestros vínculos entrañables. Verla en este estado me hizo recordar una historia que leí hace algunos años. Un cuento breve escrito por Jorge Luis Borges sobre un meandro infinito. Se trata del cuento de "Los Dos Reyes y Los Dos Laberintos". Si a alguno le interesa puede leerlo en el siguiente enlace:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/dosreyes.htm

El cuento habla de cómo es posible construir un meandro endiabladamente simple pero imposible de cruzar. El rey de Babilonia introduce al rey de Arabia en un laberinto de lo más intricado, hasta que el rey de Arabia pide ayuda para salir. Tiempo después, el rey de Arabia le es propicio mostrarle al rey de Babilonia un meandro todavía más ingenioso consumando su revancha. Simplemente lleva al rey de Babilonia a la mitad de un desierto, sin una puerta, sin una escalera, sin un camino intricado que descifrar; sólo con la inmensidad amarilla y monótona del desierto. Allí el rey de Babilonia muere de hambre y de sed sin poder encontrar la salida.

Así tantas veces nos sucede en la vida. El pensamiento se vuelve ese gran desierto, ese gran meandro infinito e imposible de atravesar del que nadie nos puede salvar. En el capítulo 7 de "El Principito", el dueño del planeta más pequeño, ve con preocupación que su flor, la flor de su vida, está llorando amargamente y él trata de decirle tantas cosas pero no la alcanza. Parece que nada le produce ningún contento, no existe ningún halago o una palabra con el poder de hacerle sonreír; cualquier intento parece pobre, torpe e insuficiente... nada alcanza, nada puede abrir una puerta para salir. En ese momento dice el Principito como lamentándose: "Es tan misterioso el país de las lágrimas"; yo diría, a veces, es tan infinita y solitaria la tristeza en el alma humana, como aquel meandro imposible de cruzar. Cuando nos quedamos tendidos en mitad de aquel desierto, ¡qué fácil sería morir de hambre y de sed sin encontrar una salida! Podemos caminar por muchas horas por el desierto interminable; sin embargo, la mente es mágica, extraordinaria, sorprendente. Como dice Borges, basta al pensamiento imaginar una puerta, un efugio, para salir del laberinto.

Qué inútil saber aquello, si no podemos alcanzar esa mirada, esa voluntad que se pierde o se fractura.

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