Siempre le temí al poder, tal vez por eso me decidí a estudiarlo. Del modo en que exorcizamos los demonios cuando niños: miramos los ojos que nos miran desde debajo de la cama o abrimos la puerta del armario que nos aterroriza. Nunca, ni un solo día de mi vida miré al poder de frente sin llorar; nunca, ni un solo día me gustaron sus abrazos, sus lisonjas, sus dádivas. Cada día y cada hora fueron costosas, amargas y solitarias.
El poder me ha rodeado tan intensamente que casi parece que fuera una obsesión, mía o del Universo... o de todas las fuerzas juntas. Poder... esa fuerza vinculante, volátil, que cuando creemos poseer nos posee, que cuando abrazamos nos abandona, que cuando buscamos termina por negarnos, que cuando esperamos se convierte en imposible y que cuando evadimos nos atrapa en la esquina y nos subyuga. Poder... una relación que circula, que nos cambia, que hace que algunas veces no podamos reconocernos en el espejo ni frente a quienes amamos; ya lo tenemos, ya lo perdimos, ya somos sus objetos, ya somos sus portadores, ya está entre nosotros como pegante o como aislante en la vida social.
Nunca quise ser jefe de nada ni de nadie más que de mi misma, nunca quise obedecer ni ser obedecida. De niña las palabras de autoridad me hacían temblar, la frialdad del dominio me estremecía. Cuando era adolescente traté de huir y a veces de enfrentar a quienes lo representaban, jamás me sirvió de nada... el poder es sordo, insensato y pagado de sí mismo; me armé con palabras más nunca de otra cosa para razonar lo irrazonable. Ya entrada en años tomé muchas veces el bastón de mando; me tocaba en suerte o me lo encontraba mientras caminaba. Siempre me robó lágrimas, como se las sustrae a quien tiene un estigma que sangra una y otra vez en la frente y en las manos. El poder siempre me pareció un arma que aún guardada en un cajón hiere; hiere como el roce del cuchillo en la piel suave de un niño.
Resolví el problema del poder sirviendo a otros, tratando de entregar a los demás el poder que no quería, para que enriqueciera y mejorara otras vida que no la mía... pues la mía se entristece y se doblega con el peso del dominio. Nada me domina más que el dominio, nada me oprime más que la posibilidad de oprimir. Pero el poder es vengativo y no perdona entregar lo que ha dado.
No me gusta ser su representante, no quiero ser quien lo ejerce o lo perpetúa; sin embargo, no puedo evitarlo. Lo tengo y me arde entre las manos. Me lo dan como si fuera mío naturalmente, no importa cuántas veces lo tire, lo entregue a otros o lo esconda en el profundo averno. No quiero el poder ni sobre mí ni desde mí sobre otros... quiero ser transparente para que no me vea parada en los corredores, para que no me descubra agazapada en mi cama en medio de la noche, para que no me tiente desde la voz de aquellos a quienes amo.
Detesto su soberbia de poderlo todo, su soberbia cuando es humilde tanto como cuando es altanera. Quisiera que me dejara anónima y tranquila a la orilla de todos mis abismos, en la expectativa de caer y flotar como una pluma en el sempiterno divagar de un poema.
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