Hace algún tiempo hablaba con un buen amigo sobre la edad en que al parecer se había quedado atrapada mi mente. Casi con temor de quedar en ridículo o pasar por inmadura, me atreví a preguntar a mi interlocutor si alguna vez había tenido la sensación de tener dos edades diferentes: la edad íntima de un niño y la edad pública de un adulto. Estaba preparada para un ataque de risa o una mirada de asombro, así que me sorprendí cuando verifiqué que para él el asunto era familiar. Afortunamente, me dije, no es un brote de esquizofrenia tardía ni mucho menos un acto de suma infantilidad. ¡También él había tenido la experiencia de tener una edad interior diferente a la de su cédula; una edad personal que nunca cambia a pesar del paso de los años! ¡Qué alivio! para él eran como los 20 años, para mí eran como los 15 o 16.
Con los días extendí la pregunta a otros amigos y conocidos y encontré una respuesta similar. Muchos ubican esta edad interior hacia la adolescencia o principio de la juventud. La edad interior no es igual a la edad exterior y en más de una ocasión la edad pública abruma con sus exigencias y sus modos adecuados de comportamiento. Pero debo hacer una aclaración, no me refiero a olvidar las experiencias aprendidas o a ser eternamente irresponsable; se trata de algo más esencial, se trata de quiénes somos o quiénes creemos ser interiormente; tiene que ver con la forma como reaccionamos frente al mundo y frente a la vida.
Cuando era niña me caractericé por ser introspectiva y sensible. Mi mamá solía aconsejarme acerca de cambiar este rasgo en mi personalidad para que en el futuro sufriera mucho menos. Pensé que con los años esto vendría y que las difíciles experiencias de la vida me harían cambiar por fin, pero así no sucedió... la niña de siempre, romántica, soñadora, sensible, como de 15 o 16 años siempre aflora con su modo de sentir la vida intensamente. Me enamoro de la misma manera, siento las ofensas de la misma forma, pienso el mundo trascendentalmente como siempre; las palabras duras y la desaprobación me hieren y necesito un ambiente de calma y equilibrio para poder hacer todo lo que me impone la vida cotidianamente.
Pensando en esto me acordé de la historia de Peter Pan... A muchos hombres que no quieren madurar suelen decirles que son como este simpático niño de la historia de James Barrie; no obstante, creo que todos tenemos a Peter Pan dentro; todos tenemos un "sí mismo" esencial que no sé cuántos años tiene realmente, pero es un ser frágil, juguetón, honesto con sus sentimientos, travieso a veces, con unas ciertas ideas y posturas frente al mundo que con pequeñas modificaciones nos recuerda alguien que fuimos y que seguramente las personas de nuestro entorno no reconocen o no admitirían. Para el exterior vamos construyendo una Wendy; es decir, va apareciendo la niña consciente de que debe crecer, la niña que sabe que es inevitable y va ajustando su comportamiento a la edad que tiene; pero igual que en la historia de estos dos personajes, Peter Pan, regresa a la vida de Wendy en más de una ocasión, incluso cuando ya es una anciana.
Mi Peter Pan, suele sentirse muy extraño en los supermercados cuando alguien llama diciendo: "señora... se le quedó un paquete". "¡Señora! ¿acaso me hablan a mí?" También ha salido temeroso cuando he tenido que hacer algún justo reclamo y me muero del miedo pensando que tal vez el dueño del almacén se enfade; o cuando he tenido problemas con mi pareja y ese niño frágil se acurruca en la cama a llorar todas sus lágrimas y a oír más adolescente que nunca las canciones tristes de Miguel Bosé.
Otras veces, El Niño del País del Nunca Jamás, travieso y desenfadado, salta los muros cuando nadie está mirando, pisa las hojas secas para que suenen mucho, se hace en la fila de las muestras gratis y camina entre los charcos procurando salpicar.
Ese Piter Pan se abisma y se extraña cuando me miro al espejo y casi no reconozco quién es esa señora mayor con arruguitas en las esquinas de los ojos que cada día sube de peso con más facilidad y le duele la espalda cuando se quiere agachar. Ese niño que no crece, aplaza por mi las tareas urgentes y se toma la tarde libre; mira con disimulo la vitrina cuando ve venir un conocido que no quiero saludar y se frustra cuando trato de ponerme un vestido que ya no va con mi edad. Peter Pan aparece cuando mi hijo de 15 años quiere o espera que actúe de determinada manera y simplemente yo desearía que alguien más haga lo necesario, sea fuerte y responda por los dos. ¡Por Dios... tengo un hijo de 15, cuándo creció tanto!!!
Volví a leer el libro para pensar en ello y traje un pedazo del texto que me ha dado vueltas por varios días:
"Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer y Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín, arrancó una flor más y corrió hasta su madre con ella. Supongo que debía estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó: -¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!
No hablaron más del asunto, pero desde entonces Wendy supo que tenía que crecer".
Escribiría quizás yo... "Todos los niños crecen, excepto, el que llevamos dentro... afuera no tardamos en saber que vamos a crecer y crecemos.. pero en más de una ocasión pensamos "¿no podremos quedarnos niños para siempre?"
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